La Central

En el 2018 entré a la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá.

En mi primer semestre, me inscribí voluntariamente a la segunda edición de una cátedra que estaba en formación en ese entonces: "Cátedra de inducción a la vida universitaria". Una materia prácticamente virtual (que ni siquiera tenía nota numérica, simplemente: Aprobado o No Aprobado)  que consistía, básicamente en enterarse de procesos y servicios útiles de la universidad. En otras palabras 2 créditos fáciles. 

Aunque he de aceptar que no puse todo mi empeño en la materia, sí me concentré mucho en uno de los trabajos finales: hacer una reseña de uno de los lugares del Campus.

Creo que no dudé mucho en decidir el lugar: La Biblioteca Central, "La Central" para los amigos (no confundir con el comedor central). La biblioteca más importante entre las 13 que tiene el Campus (y me atrevería a decir que de todas las sedes también).

Su arquitectura tan limpia y su ambiente tan ameno me cautivaron desde mi primer semestre y me sorprende encontrar hoy (que ya soy un egresado) tanta vigencia en el sentimiento que describí en ese texto que escribí en el primer semestre. Como si solo hubiera bastado una pequeña muestra de 4 meses para percibir esa esencia mágica.

Después de pulir un poco el texto lo publico hoy, con ustedes: 


La Central

Para caminar, para descubrir, para contemplar; también para buscar y encontrar.

Para sumergirse en ese eterno barullo que puebla el lugar, que a veces arrulla, y otras, advierte la tensa calma en época de parciales.

Para empaparse del conocimiento de otras facultades, otras ciencias, otros mundos, y para escampar de uno de esos aguaceros que se dan cada tanto en la capital; para hacer cálculos, bocetos, ensayos, y para deleitarse con la colección Pizano o con una obra maestra de la de literatura (forrada con cartón y percalina para que el tiempo, poco piadoso con la cultura, no la pueda maltratar); para todo esto y más, está nuestra Biblioteca Central. 

Ella se posa sublime ante el León de Greiff, y juntos descansan a cada lado de la torre de enfermería, como emulando las fotos donde el graduando (más alto que sus padres) posa en medio de las sonrisas orgullosas. La (madre) biblioteca, y los otros dos miembros de la triada, observan, con cierta cautela, el ir y venir de toda la comunidad.

Lleva como estandarte, el nombre de nuestro nobel de literatura y no es coincidencia: el hecho de que tantas personas, ilusiones, tantas mentes brillantes (buscando entender un poco más este mundo), se reunan en aquellos precisos metros cuadrados, no puede considerarse si no mágico en esta convulsa y ocupada realidad.


Bogotá. 2018


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